Cuando tenemos problemas cardiacos que limitan nuestro
disfrute de la montaña es lógico pensar en reducir el nivel de esfuerzo.
Puede que escojamos recorridos más suaves, cortos, o
que nos tomemos con más paciencia las cuestas en ascenso.
Pero a veces se nos olvida que la percepción del
riesgo: el miedo, también hace que el corazón tenga más trabajo.
Para comprobar su influencia, grabamos la frecuencia
cardiaca de jóvenes participantes en un curso de escalada.
Lo que apreciamos es que cuando ascendían una vía
asequible para su nivel, la frecuencia cardiaca promedio alcanzaba un valor de
169 pulsaciones por minuto, con una máxima de 194 px’.
En cambio, cuando intentaban una vía de dificultad
cercana a su límite, el registro nos mostraba que la frecuencia cardiaca
promedio de la ascensión era de 187 px’ (¡casi 20 más elevada!) y el pico máximo,
ocasionado en este caso por una caída evitada por el profesorado, ¡alcanzaba
los 210 latidos por minuto!
Aun recordando que se trataba de personas jóvenes,
resulta evidente el efecto del miedo.
Me podréis decir que, en su mayor parte, esos altos
ritmos cardiacos se deben al esfuerzo físico de la escalada, y la diferencia, a
su distinto nivel de exigencia. Y tendréis razón.
Para evitar el efecto del ejercicio, controlamos
también las frecuencias cardiacas en personas que simplemente se dejaban caer,
haciendo “puenting”.
¿Qué creéis que ocurrió? (la respuesta llegará
próximamente)





